Asistimos a un
capítulo más de la farsa nacional, en estos días historiadores argentinos, y
otros que sin ser historiadores han obtenido buenos dividendos escribiendo
libros sobre historia, se han enfrascado en una batalla a muerte (pero sin
sangre) por la representatividad de la historia oficial argentina. Por un lado
la vieja escuela, la academia nacional, el Instituto Ravignani de la facultad
de filosofía y letras de la UBA, el CONICET y todos sus apéndices construidos
por décadas de monopolio intelectual. Una cáfila de intelectuales elitistas y
soberbios, dueños de una verdad revelada e integrantes de una cofradía
irredenta. Nada de lo que se escribiera en historia en el país adquiría
"valor intelectual" si no contaba con la bendición del sínodo oficial
de historiadores, por supuesto solamente aquellos trabajos que pertenecieran a
"la red" obtenían ese privilegio. Así han pasado décadas de opresión
intelectual, y cientos de investigadores sufrieron y sufren el ostracismo por
el solo hecho de no pertenecer. Halperin Donghi, los Romero, Garcia Belcunce,
Los Gallo, y otros, son la aristocracia intelectual de una historia
remasterizada para el consumo y alejada de los intereses y las necesidades populares,
este fue el gran aporte de los historiadores a la decadencia nacional, pero a
no confundir, este aporte no fue gratis, mucho dinero han ganado estos nobles
con título de historiador, masticar su insoportable verborragia siempre costó
un ojo de la cara.
Por otro lado se alza
la escuela revisionista. Este movimiento tiene un origen ambiguo, por un lado
el rol profundamente transformador y revolucionario cumplido por aquellos que
en la década del 30 y del 40 se alzaron contra historia oficial denunciando los
años 30 y poniéndole nombre "década infame", combatiendo el
"coloniaje" y la entrega del país, todos los honores para Scalabrini
Ortiz y Arturo Jaureche entre otros, quienes con su pluma le dieron otro
sentido a la palabra patria cuando crearon aquella entrañable FORJA. pero junto
a estos libres pensadores se alzaron también usurpando el nombre del movimiento
otros que no tenían ni los mismos pensamientos, ni los mismos objetivos. De las
profundidades oscuras del nacionalismo católico surgieron figuras que
blandiendo la bandera de la soberanía y el patriotismo buscaban defender los
intereses de la oligarquía pampeana construyendo una historia a bases de
mentiras y tergivizaciones en contra de la modernidad, ellos fueron y es bueno
recordarlo, quienes dieron el golpe de estado contra Hipólito Yrigoyen,
malditos oscurantistas del Papa: Vicente Sierra, Ernesto palacio, Los Irazusta,
Manuel Gálvez y su máxima estrella, quizás el más reaccionario, mentiroso y
farsante de los historiadores argentinos José María Rosa.
Pero la discusión en
realidad no pasa por un debate ideológico,a los modernos revisionistas,
llamese, pacho O´donnell o Felipe Pigna, no los moviliza tanto la verdad
histórica como sus cuentas bancarias, grandes facturadores son figuras
emblemáticas de editoriales como Planeta o Sudamericana, grandes corporaciones
transnacionales que no tienen ningún interés en la reconstrucción fidedigna de
la historia argentina. Por lo tanto la verdadera polémica que se esconde entre
inflamados discursos, injurias, indignados y polémicas acaloradas es EL CONTROL
DE LA CAJA CHICA DE LOS SUBSIDIOS PARA INVESTIGACIÓN Y EL CONTROL DE LA CAJA
GRANDE PARA EL ACCESO A LAS GRANDES EDITORIALES. Son unos farsantes y bastardos
mercaderes, pillos y vivillos de turno que no le aportaron ni le aportarán nada
a la historiografía argentina, bandos enfrentados por un botín, piratas del
intelecto.
Me quedo con los pocos
que han hecho honor a la palabra historiador, en primer lugar Milciades Peña y
junto a él Alberto Plá y algunos otros, revolucionarios honestos, buscadores de
verdades y no de verdes billetes. Roberto Jordán.

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